Antecedentes

Los sucesos en Europa

En 1807 Napoleón Bonaparte invade Portugal y firma el Tratado de Fontainebleau, por el cual se declaró destronada la Casa real de Braganza. Sabiéndose en miras del emperador francés, Carlos IV de España pensó trasladarse a las colonias de América como lo hiciera el rey portugués, pero el pueblo español se alborotó y estorbó la partida de la familia real, sobre todo porque odiaban al secretario privado del rey (Godoy). El alboroto puso en peligro la vida de Godoy, y Carlos IV renunció a la corona en favor de su hijo Fernando por salvar la vida del ministro.

La ocasión fue aprovechada por Napoleón para apropiarse de España, y con pretexto de que la renuncia había sido forzada, se negó a reconocer a Fernando VII. Entonces, la familia real española se trasladó a Bayona a someter al juicio del emperador la decisión de las contiendas domésticas, y devolviendo el hijo la corona al padre, éste se la cedió a Napoleón, quien declaró a su hermano José como nuevo monarca de las Españas. Ajustado así este arreglo el 5 de mayo de 1808 el rey José I ocupó a Madrid el 20 de julio.

Los patriotas españoles, sucesivamente traicionados por sus reyes que habían transferido la diadema a la cabeza de un extranjero, tomaron a su cargo el desagravio de los ultrajes hechos al pundonor y dignidad de su nación. Organizaron Juntas Provinciales por toda la península, que luego se convirtieron en Supremas pues representaban la soberanía del pueblo; las mismas que, aunque fueron aisladas, no reconocidas en todo el reino y hasta combatidas entre sí, llegaron después a legitimarse con la Junta Central que dominó en todo el territorio no ocupado por los franceses todavía.

Los sucesos en la presidencia de Quito

El Gobierno de la Metrópoli había procurado cuidadosamente mantener secretos para América los principios proclamados por la revolución francesa, los triunfos y término de esta y el mal estado en que el se hallaba; pero al fin y al cabo la presidencia de Quito no había dejado de columbrarlos. La ocasión se sumaba a los resultados de la independencia de Estados Unidos, menos atronadora que la revolución francesa, pero más fraternal, ejemplar y clara.

La presidencia de Quito, siendo parte integrante de España, y por tanto con los mismos derechos que Galicia, Asturias, Aragón, Cataluña, Valencia y demás provincias que establecieron sus juntas, consideró que era capaz de constituir también una Junta Suprema gubernativa. El establecimiento de una junta a imitación de la de Sevilla, era para unos el pedestal que debía levantar la independencia de la patria o mejorar sus particulares intereses, mientras que para otros era un derecho inmanente que no podía disputarse a la Presidencia, y más cuando la distancia y aislamiento en que se hallaba fortalecían sus razones; y aun a juicio de los realistas americanos, y hasta de algunos españoles deseosos de mostrarse leales a los ojos del rey Fernando VII, era una manifestación palmaria de los muy decididos afectos que la Presidencia conservaba por su señor. No hay para qué añadir que en el ánimo de los verdaderos patriotas pululaban en secreto las ideas de independencia, pues juzgaban con acierto que una vez establecida la junta como legítima, sólo prevalecería después la razón para culminar con una independencia total.

Los ingleses, dueños de los mares y en guerra declarada con España, no dejaban pasar buque ninguno para América, y la Presidencia no conocía absolutamente los últimos sucesos que ocurrían en la península ibérica. Mas, al arribo del capitán de fragata José de Sanllorente, comisionado por la junta de Sevilla que llegó a Cartagena en agosto de 1808, se propagaron las noticias de los asesinatos del 2 de mayo de Madrid, el armisticio celebrado con la Gran Bretaña, la victoria de Bailén, la capitulación de Dupont y el establecimiento casi simultáneo de las juntas españolas. Entonces ya no había cosa que aguardar, y los patriotas se apresuraron a poner por obra cuanto tenían meditado.

La llegada de don Manuel de Urries, conde Ruiz de Castilla, que había entrado como presidente de Quito el 1 de agosto de 1808, les proporcionó a los patriotas quiteños la ocasión de hacer representar en su honor cuatro piezas dramáticas, intencionalmente escogidas para la época y circunstancias: el Catón, la Andrómaca, la Zoraida y la Araucana. El pensamiento de los revolucionarios fue comprendido por la parte inteligente de la sociedad, sin que Ruiz de Castilla ni los otros gobernantes traslucieran otro interés que el deseo de celebrar la llegada del presidente y el de gozar de las satisfacciones del teatro.

Dado este paso, y cuando ya estaban instruidos los patriotas de los sucesos de España, se encontraban irritados porque la Junta de Sevilla se había arrogado el título de Suprema de España e Indias; pero sobre todo por el lenguaje ofensivo que empleaban los españoles al calificar a los americanos de insurgentes, añadiendo que la América española debía permanecer unida a la madre patria, sea cual fuere la suerte que ésta corriese, y que el último español que quedase tenía derecho para mandar a los americanos.

El complot de Navidad

Se determinaron entonces a celebrar la primera reunión el 25 de diciembre de 1808 en la hacienda Chillo-Compañía, propiedad de don Juan Pío Montúfar, marqués de Selva Alegre. En ella acordaron establecer la junta suprema proyectada, y para no exasperar al pueblo, aparentando sus consideraciones y respetos por Fernando VII. Esta prudencia era absolutamente necesaria para con un pueblo largo tiempo infatuado con el mágico nombre de rey, que lo creía procedente de naturaleza divina.

Por prudentes y cautelosos que fueran, los pasos de los conjurados llegaron a descubrirse. El carácter franco y confiado del capitán Juan de Salinas y Zenitagoya, y el deseo de aumentar el número de partidarios, le animaron a comunicar el secreto al padre mercenario Torresano; éste se lo confió al padre Polo, de la misma Orden; Polo a don José María Peña, y Peña lo denunció a Mansanos, Asesor general de gobierno.

Se instruyó inmediatamente un sumario, y el 9 de marzo de 1809 Juan Pío de Montúfar, Juan de Dios Morales, Juan de Salinas, Manuel Quiroga, el presbítero José Riofrío, y Nicolás Peña fueron apresados y llevados al convento de la Merced. Pedro Muñoz fue nombrado Secretario de la causa, un español manifiestamente prevenido contra los americanos, y los presos a quienes se mantuvo incomunicados, tuvieron estorbos y dilaciones para su defensa.

Por un acto de patriotismo bien ideado y arrojadamente desempeñado, se sustrajeron todas las piezas del juicio, al tiempo que Muñoz daba cuenta al presidente del estado de la causa, y esto evitó los castigos que se preparaban contra los culpados. La ocultación que los implicados debieron hacer sobre la celebración de la reunión de Navidad, la burla a la pesquisa de los jueces y la sustracción del sumario, aumentaron el coraje de los patriotas y se resolvieron a llevar adelante la insurrección.

La Junta Suprema de Gobierno de Quito

Bandera de la Junta de Gobierno de 1809.

La toma del poder

Secretamente se convocó a los vecinos de los barrios de la ciudad de Quito con el fin de que eligieran una persona que los represente y, cuando éstos se presentaron a la reunión de estrategia, señalaron el 9 de agosto como el día en que se llevaría a cabo la insurrección.

La noche del jueves pactado se reunieron Pedro de Montúfar, hermano del Marqués, Morales, Salinas, Quiroga, Matheu, Checa, Ascásubi, Ante, Zambrano, Arenas, Riofrío, Correa, Vélez y otros en casa de doña Manuela Cañizares, mujer a cuyo influjo y temple de ánimo cedieron aún los más desconfiados. Comisionaron a Juan de Salinas, quien era Comandante de la guarnición de la ciudad y contaba con el aprecio de sus soldados, para que convenciera a las tropas de unirese a la sonada. El Comandante de la caballería, Joaquín Zaldumbide, pasó también a su cuartel, y como ambos contaban con el apoyo de algunos oficiales subalternos, no tuvieron más que arengar a las tropas para que se diera el grito de rebelión contra el Gobierno.

Asegurados los cuarteles, poco más allá de la media noche acudieron a ellos los conjurados para armarse y afianzar su causa. Salinas sacó las tropas del cuartel, que no pasaban de ciento setenta y siete y las colocó en la plaza mayor, les entregó varias partidas para que aprehendiesen a algunas de las autoridades y a otros sospechosos, y dictó las providencias adecuadas a las circunstancias. No se cometió abusos de ningún tipo, y las órdenes se ejecutaron con moderación y calma.

Poco antes de las seis de la mañana del 10, el doctor Antonio Ante sorprendió la guardia del Palacio Real y presentó al oficial a cargo un oficio redactado por los miembros de la Junta que interinamente se había establecido, éste la tomó y se dirigió al dormitorio del Presidente para despertarle y dársela. El escrito decía:

La Junta Soberana al Conde Ruiz, ex-Presidente de Quito
El actual estado de incertidumbre en que está sumida la España, el total anonadamiento de todas las autoridades legalmente constituídas, y los peligros a que están expuestas la persona y posesiones de nuestro muy amado Fernando VII de caer bajo el poder del tirano de Europa, han determinado a nuestros hermanos de la presidencia a formar gobiernos provisionales para su seguridad personal, para librarse de las maquinaciones de algunos de sus pérfidos compatriotas indignos del nombre español, y para defenderse del enemigo común. Los leales habitantes de Quito, imitando su ejemplo y resueltos a conservar para su Rey legítimo y soberano señor esta parte de su reino, han establecido también una Junta Soberana en esta ciudad de San Francisco de Quito, a cuyo nombre y por orden de S.E. el Presidente, tengo a honra el comunicar a US. que han cesado las funciones de los miembros del antiguo gobierno.
Sala de la Junta en Quito, a 10 de agosto de 1809.
Juan de Dios Morales, Secretario de lo Interior.

Enterado el Conde del contenido de tan audaz como inesperado oficio, salió a la antesala para hablar con la persona que lo había llevado. Después de presentarse, Ante le preguntó si estaba ya instruido del oficio, a lo que Ruiz de Castilla respondió afirmativamente, y sin decir nada más hizo un saludo con la cabeza y salió. El Presidente trató de contenerle y le siguió hasta la puerta exterior de la antesala en donde fue detenido por el centinela que ya estaba relevado; el conde hizo llamar al oficial de guardia, pero éste también había sido relevado ya, y el nuevo le contestó que, después de las órdenes dadas por la Junta, ya no era posible tratar con S.E., y menos obedecerle. Ruiz de Castilla comprendió que la revolución estaba consumada.

A las seis de la madrugada se vio que en la plaza mayor se formaba una gran reunión de hombres, frente al Palacio, y se oyó muy luego una prolongada descarga de Artillería, repiques de campana y alegre bullicio de vitoreos y música marcial. La parte culta e inteligente de la sociedad se mostraba frenética de gozo al ver que la patria, al cabo de tan largos años de esclavitud, daba indicios de que volvería al ejercicio de sus derechos naturales. La parte ignorante al contrario, se mostró asustada de un avance que venía a poner en duda la legitimidad del poder que ejercían los presidentes a nombre de los reyes de España, y fue preciso perorarla en el mismo sentido que a las tropas para no exasperarla. El arbitrio produjo buenos resultados, a lo menos por entonces, y el pueblo, amigo siempre de novedades, fraternizó por el pronto, aunque al parecer con repugnancia, y tal vez traidoramente, con la revolución.

En la misma mañana fueron presos el Regente de la Real Audiencia, Bustillos; el Asesor general, Mansanos; el Oidor Merchante, el Colector de rentas decimales, Sáenz de Vergara; el Comandante Villaespeso, el Administrador de Correos, Vergara Gabiria y algunos, aunque pocos, militares sospechosos.  El conde Ruiz de Castillo fue apresado en el Palacio debido a su dignidad y avanzada edad.

Conformación de la Junta

A las diez de la mañana fueron nombrados y reunidos los miembros de la junta, compuesta de Juan Pío de Montúfar, a quien nombraron Presidente, de los marqueses de Villa Orellana, Solanda y Miraflores, y de Manuel Larrea, Manuel Matheu, Manuel Zambrano, Juan José Guerrero y Melchor Benavides. El obispo de Quito, José de Cuero y Caicedo, fue nombrado vicepresidente, y los señores Morales, Quiroga y Juan Larrea como secretarios para el despacho de Gobierno; siendo también estos cuatro miembros natos de la Junta. Vicente Álvarez fue nombrado secretario particular del Presidente. A la Junta debía darse el tratamiento de Majestad, como tres años después dieron los españoles a las Cortes de España; al presidente el de Alteza Serenísima y a cada uno de los miembros el de Excelencia.

Juan Pío de Montúfar era un hombre de fina educación, cortesanía e inmensa fortuna. Con su riqueza, pensamiento ilustrado, servicios oficiosos y maneras cultas se había ganado el respeto y estimación de todas las clases. Como noble titulado e hijo de español, era partidario de Fernando VII y apoyaba su causa contra los Bonaparte; pero así mismo, como americano ilustrado y promovedor principal de la revolución, se mostró también partidario de ésta. Sin embargo se mostraba más aficionado todavía a su propia persona e intereses particulares, pues nacido y educado como príncipe, no veía extraño ni difícil seducir a sus compatriotas con el brillo de la monarquía para encaminarlos, aunque independientes, bajo la misma forma de gobierno a la cual ya estaban acostumbrados. Es cierto que quería una patria libre de todo poder extranjero a la cual consagrar sus servicios y afanes, pero dirigida por él o su influjo, sin admitir competencia, gobernada en fin por su familia sean cuales fueren las instituciones que se adoptaran.

Los nuevos gobernantes contaban, ilusos, con que las provincias de Guayaquil, Cuenca y Pasto, movidas por el mismo impulso que la de Quito, repetirían el grito y se unirían para hacer frente al peligro común; y sin embargo, ninguna de ellas estaba concertada, menos aún preparada o resuelta a defenderla. La misma Junta dispuso el levantamiento y formación de una falange que debía componerse de tres batallones, a cuya cabeza estaría Juan de Salinas, que fue ascendido a coronel. Juan Pablo Arenas, que en un principio estaba pensado para ser Auditor de Guerra, fue nombrado teniente coronel de los ejércitos y estaría a cargo de diseñar las estrategias militares.

Para el régimen y despacho de justicia establecieron un órgano al que llamaron Senado, y que estaba compuesto de dos salas: una civil y otra criminal. Para la sala civil fueron nombrados José Javier de Ascázubi como regente, quien era además Gobernador del Senado y presidía ambas salas, Pedro Jacinto Escobar como decano, Mariano Merizalde como fiscal, y como senadores José Fernández Salvador, Ignacio Tenorio y Bernardo León. Para la sala criminal fueron escogidos Felipe Fuertes Amar como regente, Luis Quijano como decano, Francisco Javier Salazar como fiscal, y como senadores José del Corral, Víctor Félix de Sanmiguel y Salvador Murgueitio. Como se ve, no se distinguieron colores ni banderas, y eligieron indistintamente a republicanos y realistas, a americanos y españoles.

La Junta publicó en el mismo día un manifiesto, en que se expusieron las causas de la revolución y el derecho que para ello tenían los americanos; procuraron repartir elocuentes comunicados diarios que salían a luz por la prensa o publicados por bandos y repartidos en las calles. El 16 de agosto los representantes del pueblo fueron convocados a un cabildo abierto en la sala capitular del convento de San Agustín, y allí confirmaron y ratificaron los actos que habían tenido lugar hasta esa fecha. 

Renuencia de las otras provincias

El día 26 la Junta dispuso que el presidente dirigiese oficios notificando lo ocurrido a los virreyes de Santafé y Lima, a los gobernadores de Guayaquil y Cuenca, y a los cabildos de las otras ciudades, excitándoles a que formasen sus respectivas juntas y se rigiesen con independencia de las de España. Posteriormente, el Ministro Morales emitió la siguiente circular:

Quito, Agosto 13 de 1809
A los Señores Alféreses, Corregidores y Cabildos que existen en los asientos, villas y ciudades.
S.E. El Presidente de Estado, de acuerdo con la Honorable Junta y los Oidores de audiencia en pública convención, me han instruido que dirija a US. una circular en la que acredite y haga saber a todas las autoridades comarcanas que, facultados por un consentimiento general de todos los pueblos, e inspirados; de un sistema patrio, se ha procedido al instalamiento de un Consejo central, en donde con la circunspección que exigen las circunstancias se ha decretado que nuestro Gobierno gire bajo los dos ejes de independencia y libertad; para lo que han convenido la Honorable Junta y la Audiencia nacional en nombrar para Presidente a S. E. el señor marqués de Selva Alegre, caballero condecorado con la cruz del orden de Santiago. Lo comunico a US. para que en su reconocimiento se dirijan por el conducto ordinario letras y oficios satisfactorios de obediencia, después de haber practicado las reuniones y juntas, en las capitales de provincia y pueblos que sean convenientes; y fechas que sean se remitan las actas.

Recibida en Pasto la circular, el alférez Gabriel Santacruz hizo publicar el siguiente bando:

Considerando que arbitrariamente se han sometido los revoltosos quiteños a establecer una Junta sin el previo consentimiento de la de España, y como se nos exige una obediencia independiente de nuestro Rey Don Fernando VII, por tan execrable atentado y en defensa de nuestro monarca decretamos:
Art. único. Toda persona de toda clase, edad y condición, inclusos los dos sexos, que se adhiriese o mezclase por hechos, sediciones o comunicaciones en favor del Consejo central, negando la obediencia al Rey, será castigado con la pena del delito de lesa majestad.

Privadamente Montúfar y Morales se dirigieron respectivamente a Jacinto Bejarano, comandante de un cuerpo de milicias de Guayaquil, y Vicente Rocafuerte, sobrino de Bejarano, incitándolos a que se apoderasen del gobernador y de esa plaza. El gobernador Cucalón fue informado oportunamente de estas cartas, rodeó de soldados la casa en que vivían tío y sobrino, y fueron apresados. 

Los coroneles Miguel Tacón, Melchor Aimerich y Bartolomé Cucalón, gobernadores de Popayán, Cuenca y Guayaquil respectivamente, instruidos ya menudamente de los sucesos de Quito, se prepararon contra la revolución, y concertaron con actividad los medios de sofocarla sin dar lugar a que tomara cuerpo.

La búsqueda de ayuda extranjera

Pasados los primeros días de la exaltación con que los disidentes festejaron el buen éxito de su empresa, Juan Pablo Arenas previó la dificultad que pondrían las otras provincias para unirse al llamado de la Junta, y aconsejó a Montúfar solicitar ayuda extranjera para sostenerla. Privadamente el Presidente escribió una carta al Gobierno británico, solicitándo ayuda con armas, municiones y, de ser posible, soldados. El comunicado, que estaba dirigido a la corte de San James y el augusto señor de los mares, el monarca inglés, partió hacia el puerto de Esmeraldas el 14 de agosto con la orden de ser entregado al primer barco anglosajón que pase por la costa, hecho que ocurrió el 21 del mismo mes.

La carta, de carácter urgente, fue entregada en Londres el 12 de octubre y puesta inmediatamente en consideración del rey Jorge III. Inglaterra estaba interesada en afianzar un enclave colonial en el Río de la Plata, virreinato que había intentado tomar dos veces (1806 y 1807), por lo que encontraba la solicitud quiteña como un interesante puesto de avanzada en el Pacífico y puerta de entrada a Sudamérica.

Una respuesta afirmativa y casi inmediata partió de la capital inglesa el 16 de octubre, con la orden de que algunos batallones de las Antillas acudieran prontamente al auxilio de los quiteños, al igual que una orden para que los corsarios patrocinados por los británicos en el Pacífico apoyasen la causa en el mar. Finalmente, y debido a que tomó algo más de tiempo reunir lo necesario, el 24 del mismo mes zarparon seis barcos de guerra con tres mil hombres, armas y municiones suficientes.

El barco con la primera comunicación, de carácter urgente y por ello de ágil travesía, llegaría a Jamaica el 19 de noviembre, debiendo el Gobernador coordinar el envío de las tropas de su isla, Barbados y Tobago para atacar los puerts españoles del Caribe. Los corsarios ingleses, por su parte, recibieron la comunicación alrededor de seis días después, acordando dirigirse a Guayaquil para atacarla. En ambos casos, la estrategia respondía a las órdenes enviadas desde Londres, para así desviar los esfuerzos bélicos españoles lejos del territorio quiteño.

Todos los movimientos ingleses fueron cuidadosamente mantenidos en secreto para no alertar a las autoridades españolas, y así poder moverse libremente hasta su llegada a Quito.

La Junta entra en crisis

Fuera de los oficios y cartas particulares que dirigieron los miembros de la Junta, despacharon también comisionados a las provincias con el mismo fin de que influyeran en sus poblaciones, y las resolvieran a decidirse por la causa de la revolución. Pedro Calisto y el doctor Murgueitio fueron designados para Cuenca; Fernández Salvador y el marqués de Villa Orellana fueron destinados para Guayaquil; y finalmente, Manuel Zambrano para Popayán. Nada pudo obtenerse con ésta movida, pues movidos por los gobernadores que se habían declarado contra Quito, los comisionados mismos no eran tampoco hombres de actividad, maña y energía para que pudieran obrar, con provecho. 

Pedro Calisto fue, sin que lo advirtiese Murgueitio, predicando ardientemente contra la revolución y restableciendo el partido realista de las ciudades de Latacunga, Ambato, Riobamba y más pueblos del tránsito que habían abrazado la proclamación del 10 de agosto. Tan ingrato y perjudicial fue Calisto para la causa, que dirigió desde Alausí una comunicación al coronel Aimerich, en la que informaba la opinión de los pueblos que había visitado y la flaqueza y mal estado del gobierno revolucionario, aconsejándole que moviese inmediatamente sus fuerzas contra Quito. El pliego fue interceptado por una partida de soldados que vigilaba sobre los caminos, y el traidor fue preso en la ciudad de Riobamba. 

El Virrey de Santa Fe, don Antonio Amar y Borbón, reunió una junta de notables para tratar el tema de la revolución quiteña. El partido español solicitaba por la destrucción de la Junta de Quito, apelando a la fuerza en caso necesario; el partido americano discutió los principios e historia de la revolución española, demostrando que la de Quito era justa, que no se le debía hacer la guerra y que en Bogotá también debía erigirse una junta formada por diputados de cada una de las provincias, elegidos por la libre voluntad de los pueblos. La junta de notables se disolvió sin haber acordado nada, e instruido el virrey de la opinión de los americanos, tomó sus medidas para impedir una revolución. Determinó oponerse vigorosamente a Quito, hacia donde envió trecientos fusileros al mando del teniente coronel español José Dupré; ordenando también que obrara activamente el gobernador de Popayán, Tacón.

Angustiados, los patriotas entraron en rabia por el mal éxito de las comisiones, la respuesta del virrey Amar y la infidencia de tantos de sus compatriotas. El 6 de octubre desalojaron al conde Ruiz de Castilla del palacio para ocuparlo, y lo confinaron en una hacienda del cercano valle de Iñaquito, al igual que hicieron con otros leales a la corona hispana en diversos puntos. A causa de estas providencias, algunos intentaron asesinar a los confinados la noche del 13, como tal vez hubiera sucedido a no ser por la interposición del obispo Cuero y Caicedo.

Las primeras batallas

La Junta activó la organización de la falange de tres mil hombres, resuelta en medio de su aislamiento a sostener la causa quiteña. La mayor parte de este ejército constaba de soldados armados únicamente con lanzas y muy pocos fusiles, con Francisco Javier de Ascázubi a la cabeza se les ordenó partir hacia el norte a contener la agresión que se planeaba desde Popayán. Posteriormente se dividieron las fuerzas, dando la mitad a Manuel Zambrano, quien después de haber ocupado Pasto fue detenido en el río Guáitara por el coronel Gregorio Angulo, que mandó a destruir el puente. Ascázubi fue derrotado por Nieto Polo en Sapuyes y hecho prisionero. Así, la expedición al norte causó el inicio de una fuerte debacle en la opinión pública y en el de las tropas que aún quedaban.

La noticia de las tropas que venían de Guayaquil, Cuenca y Lima puso en jaque a la Junta, que estuvo a punto de darse por vencida y devolver el poder al conde Ruiz de Castilla a cambio de que perdonase la vida de los insurgentes. Sin embargo, el 24 de noviembre llegó a la ciudad la carta enviada con urgencia desde Londres, con la promesa de apoyo y el plan que había trazado la corte británica para liberar a Quito. Las noticias devolvieron casi automáticamente el ánimo a los quiteños, y cuando ésta se propagó por las ciudades vecinas, levantó en armas a sus habitantes pues sabían que debían sostener la revolución hasta la llegada de los ingleses.

Las tropas destinadas a contener los avances de los enemigos que venían del sur, comandadas por Juan de Salinas y alimentadas por un nutrido grupo de hombres que se había sumado tras las buenas nuevas, se enfrentaron y vencieron a los españoles en la batalla de Zapotal, pudiendo quedarse con dos cañones y treinta fusiles (que en ese tiempo equivalían a un millar). Del lado norte, las fuerzas de Manuel Zambrano se habían replegado a Tulcán, pero recibieron un repentino apoyo de varios batallones acantonados en el territorio de Pasto, con lo que pudieron enfrentarse y detener a las tropas virreinales que avanzaban hacia Quito.

Finalmente, la noticia de que seis naves corsarias inglesas se dirigían a Guayaquil para atacar la ciudad en conjunto, obligó a las fuerzas cuencanas y guayaquileñas a regresar para defenderla. De igual manera, las fuerzas de Santafé debieron dividirse para acudir a defender la costa del Caribe, hacia donde se dirigían barcos ingleses de las Antillas. Los inesperados triunfos bélicos, sumados a la estrategia inglesa de atacar las costas españolas para obligar a sus ejércitos a reenfocarse en las mismas, levantaron aún más la moral de los ejércitos quiteños y les dieron tiempo suficiente para reorganizarse y esperar la llegada de los refuerzos, además de que devolvieron la confianza del pueblo hacia la Junta.

Independencia

Llegada de los ingleses

Las tropas inglesas desembarcaron en las costas de Esmeraldas el 22 de diciembre, en donde fueron recibidos por Manuel Quiroga y el marqués de Villa Orellana, e iniciaron inmediatamente su travesía de cinco días hasta la ciudad de Quito. Apremiados por la presión del norte, se dividieron en la ciudad de Ibarra, y mil hombres al mando del capitán Halliwell se sumaron a las tropas de Zambrano (de unos 400 soldados aproximadamente) que intentaban mantener a raya a las fuerzas del virreinato de Santafé.

Después de hacer retroceder a las tropas españolas del norte, el ejército anglo-quiteño se adentró en el territorio de Barbacoas y el 27 de diciembre tomó completamente la ciudad de Pasto. Después de dejar pasar las fiestas de año nuevo, inician la incursión en el territorio del valle del Cauca, triunfando el 4 de enero en la batalla de Popayán, y estableciéndose inmediatamente en la ciudad. Finalmente el ejército binacional intentó tomar Cali, pero los españoles tenían la ciudad bien defendida, y el avance de tropas se detuvo en las afueras de la misma, estableciendo una frontera de facto.

Declaración de independencia

Mientras tanto, el remanente del ejército inglés había llegado a la ciudad de Quito el 24 de diciembre, en donde fueron recibidos por los ciudadanos y sus soldados invitados a las celebraciones de navidad en las mansiones de la gente acomodada. Después de establecer la estrategia para enfrentar a las tropas españolas del sur, que por su número eran las más peligrosas, el día 26 inician la marcha para encontrarse con el ejército quiteño de 700 hombres que estaban al mando del  que se encontraba aguantando los ataques españoles en las inmediaciones de Guaranda.

El 31 de diciembre tiene lugar la célebre batalla de Año Nuevo, una táctica inglesa que tomó por sorpresa a las tropas españolas que daban por sentado una alto al fuego por la fecha. El asalto anglo-quiteño duró apenas unas horas y acabó con más de la mitad de los ejércitos de Cuenca y Guayaquil, debiendo replegarse a sus respectivas ciudades también con pérdidas de armamento y vituallas.

El 3 de enero de 1810 en el Palacio de Carondelet, el presidente de la Junta, Juan Pío de Montúfar, declaraba formalmente la independencia de la presidencia española de Quito. El acto fue celebrado en presencia de los diputados escogidos en agosto del año anterior y los representantes ingleses James Habock y George Taylor. En el mismo se escogió al mismo Montúfar como Gobernador y a Taylor como ministro de asuntos extranjeros en reemplazo de Juan de Dios Morales.

La nueva nación, que convenientemente llevaba únicamente el nombre provisonal de Estado de Quito, fue reconocida inmediatamente no solo por Gran Bretaña sino también por Portugal, cuyo gobierno dependía del apoyo británico desde que había trasladado su capitalidad a Brasil, con lo que los quiteños contaban con un aliado en suelo sudamericano.

Campaña del Sur

El siguiente objetivo era tomar el territorio del Azuay, para lo que dejaron un contingente de 500 hombres en Guaranda, defendiendo ésta puerta a la Costa, y dirigieron sus esfuerzos en la Sierra sur. El 5 de enero retoman con éxito la ciudad de Riobamba, donde reciben apoyo ciudadano y entrenan más de 200 voluntarios de los alrededores (la mayoría campesinos inconformes con el sistema hispano), con lo que la falange binacional alcanzó los dos mil quinientos soldados.

Los anglo-quiteños se adentraron en territorio azuayo el 12 de enero, teniendo el primer encuentro con las tropas españolas que habían llegado desde Lima, al mando del general Arredondo con mil quinientos hombres (sumadas a las 700 de Cuenca), en la batalla de Azogues. Pese a la igualdad numérica, la experiencia de los ingleses y las armas superiores que habían traído con ellos, además de los cañones que habían ganado en Guaranda, lograron hacer retroceder a las tropas hispanas, que se refugiaron en la ciudad de Cuenca para defenderla.

La batalla de Cuenca tuvo lugar el 19 de enero, y en ella perdieron la vida más de 800 soldados españoles y 200 anglo-quiteños. Sin embargo, el triunfo binacional se impuso y una vez más los soldados del virrey Abascal debieron replegarse, esta vez hacia la ciudad de Loja. A pesar del rechazo inicial de los cuencanos, el control que ejercieron los ejércitos anglo-quiteños acabó por consolidar la ocupación de la urbe y su extensa zona de influencia.

Para inicios del mes de febrero de 1810 un nuevo contingente de soldados ingleses había llegado a Quito, pudiendo de ésta manera refrescar las tropas y entrenar nuevos voluntarios. Las fronteras estaban fuertemente vigildas por elementos locales y, en los puntos más críticos, por los batallones más importantes del ejército binacional. Quito se extendía desde las afueras de Cali por el norte, hasta las afueras de Loja por el sur, y de la línea de la cordillera andina por el occidente, hasta las tierras amazónicas que habían pertenecido a Azuay por el oriente.

Los territorios de Esmeraldas y Barbacoas eran los únicos en Quito que tenían salida hacia el océano, por lo que estaban vigilados por los barcos de guerra británicos, que en más de una ocasión debieron luchar contra los españoles que finalmente habían logrado vencer los asaltos piratas a Guayaquil y Callao.

A pesar de un relativo periodo de tensión, en los que ambos bandos se preparaban para las batallas venideras, las autoridades quiteñas tenían puestos sus ojos en la rica zona minera de Zaruma, parte del territorio lojano y que aún se encontraba en poder del virreinato del Perú. La importancia económica de ese territorio era de vital importancia para mantener no solo a los ejércitos, sino al Gobierno y a la población; por lo que se lanzaron a su conquista a mediados de marzo.

Las batallas de Loja y Piñas terminaron con triunfos quiteños, y a inicios de abril habían consolidado la primera etapa del plan trazado por los ingleses. Ahora todo dependía de la anexión del territorio de la provincia de Guayaquil, en donde, conocedores de la importancia estratégica del puerto y las haciendas productoras, los españoles habían concentrado sus tropas para evitar el avance de los quiteños.

Declaración del Reino

Después de la declaración de independencia, el gobierno británico envió un comunicado a los dirigentes del nuevo Estado de Quito; en el mismo se reconocía a la nueva nación y se aseguraba apoyo militar y económico para sostenerlo, pero con el cumplimiento de una serie de condiciones:

  • Gran Bretaña se reservaba (en administración conjunta con Quito) el puerto de Esmeraldas como enclave para sus operaciones militares y comerciales en el Pacífico.
  • Quito debía servir a los intereses británicos en suelo sudamericano, que básicamente consistia en apoderarse del virreinato del Perú.
  • Quito debía estrechar lazos comerciales con la Corte portuguesa asentada en Río de Janeiro, ya que también eran aliados británicos.
  • Quito y Brasil debían conectarse fluvialmente a través de los ríos Amazonas y Napo, para convertirse en un corredor seguro para los intereses británicos entre los océanos Atlántico y Pacífico.
  • Para asegurarse el cumplimiento de los acuerdos, el Estado de Quito debía convertirse en un Reino hereditario con cabeza en el marqués de Selva Alegre.
  • Gran Bretaña ofrecía una alianza duradera entre ambas naciones mediante el matrimonio de uno de los hijos de Montúfar con una de las hijas del monarca inglés.
  • De igual forma, debía establecerse una alianza matrimonial entre las casas reales de Quito y Portugal.
  • Finalmente, el Reino Unido ofrecía apoyo en el desarrollo institucional y económico de Quito, enviando para ello a expertos en los temas.
  • De no aceptarse la totalidad de los términos, Inglaterra retiraría sus tropas inmediatamente y, aunque mantendría el reconocimiento de la independencia quiteña, no le brindaría ninguna clase de apoyo.

El 12 de mayo, los miembros de la Junta Suprema instalaron una sesión extraordinaria en el Palacio de Carondelet para analizar la propuesta del gobierno inglés, pero por razones de intereses cruzados Montúfar no debía asistir a la misma. La deliberación duró seis días y se centró en las posibilidades de supervivencia del nuevo Estado sin el apoyo británico.

A pesar de que en un inicio la facción republicana era fuerte, debieron ceder ante el inminente fracaso que su tesis representaba si el Reino Unido retiraba sus tropas, ya que seguramente España podría hacerse con el territorio rápidamente. El 19 de mayo, el gobernador Montúfar fue llamado al pleno, en donde fue interrogado sobre su posición ante la monarquía y de aceptar la corona, a lo que respondió:

"Si he de servir a los fines de nuestra patria, que como un niño que acaba de nacer necesita de los cuidados de la madre, no puedo negarme a los designios del destino, pues he sido uno de aquellos que le han dado a luz."

En sesión solemne celebrada en el Salón de Protocolo del Palacio de Carondelet el 21 de mayo de 1810, con la presencia de la totalidad de los diputados originales y delegados de otras provincias como Azuay y Loja, además de miembros del incipiente aparato estatal, los altos mandos del Ejército, el obispo de Quito y el delegado británico George Taylor, la Junta declaraba formalmente la creación del Reino de Quito, con Juan Pío de Montúfar como su soberano y su línea de descendientes como única dinastía del país.

El reinado de facto

El 22 de mayo a primera hora de la mañana, Montúfar renunciaba a su cargo como Gobernador del desaparecido Estado de Quito, pasando sus funciones a Felipe Carcelén de Guevara como Primer Ministro del Reino escogido por la Junta Suprema, que se disolvió oficialmente esa misma tarde. A pesar de que Juan Pío de Montúfar constaba como rey de Quito en las Actas de Independencia y había prestado un primer juramento ante la Junta, solo era monarca de facto, pues la coronación que lo convertía en rey de iure aún se estaba planificando.

El 23 de mayo se terminó de conformar el Consejo de Su Majestad, conformado por las siguientes personas:

El 25 de mayo el rey convocó a elecciones nacionales, en las que se escogerían a los miembros del Congreso Constituyente, con un representante de cada provincia y uno más por cada localidad con más de cinco mil habitantes. Éstos comisios, celebrados el 21 de junio, fueron los primeros celebrados en Latinoamérica, y sus ganadores fueron conocidos el 4 de julio. El Congreso se instaló en la ciudad de Riobamba el 11 del mismo mes y presentó la Constitución el 8 de agosto, justo a tiempo para la coronación del rey.

La coronación

Los encargados de planificar la ceremonia fueron el obispo Cuero y Caicedo, la princesa Rosa y el delegado británico Taylor; quienes mandaron a elaborar una fina corona de diademas cerradas, un bastón y un orbe en la ciudad de Cuenca, cuyos orfebres tenían gran fama por la delicadeza de sus trabajos, y el ropaje al monasterio de la Limpia Concepción, de la capital.

La coronación tuvo lugar finalmente el 10 de agosto de 1810, no solo por coincidir con la fecha en la que un año atrás habían sido depuestas las autoridades españolas, sino por que era el tiempo en el que fueron entregadas las joyas y ropajes encargados.

El acto inició a las ocho y media de la mañana con la salida del rey del Palacio de Montúfar, donde había residido hasta entonces, y se dirigió a la Catedral. A las nueve de la mañana inició el oficio de casi cuatro horas en las que el obispo le ciñó la corona, el delegado británico le entregó el bastón de mando y el orbe, y el primer ministro le tomó el juramento por segunda vez.

Entre la una y las dos menos cuarto de la tarde, el rey y sus hijos desfilaron en una carroza por las principales calles de la ciudad de Quito, recibiendo los honores del Ejército en la Plaza Grande, antes de su entrada en el Palacio de Carondelet, donde tuvieron lugar el almuerzo y la recepción, que avanzaron hasta las diez de la noche.

El reinado de Juan Pío

Luego de mudarse al Palacio de Carondelet, donde se había dispuesto una habitación para el rey y otra para su hija Rosa, el rey continuó con su labor al frente del gobierno quiteño. Inmediatamente, y por consejo de George Taylor, ordenó que el Congreso constituyente se instalara en la ciudad de Quito para conformar un Parlamento bicameral, nombrando a los representantes provinciales como senadores de la cámara alta y a los de las localidades como diputados de la cámara baja.

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