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Juan Vicente de Güemes Pacheco de Padilla y Horcasitas
Historia Alternativa: Rapsodia del Imperio
JuanVicentedeGuemesPachecoyPadilla
Juan Vicente de Güemes, 2do. conde de Revillagigedo y virrey de la Nueva España

Escudo Nueva España 1794

52° virrey de la Nueva España

17 de Octubre de 1789 - 14 de Junio de 1794
Predecesor Manuel Antonio Flores
Sucesor Ninguno

4 de Octubre de 1794 - 23 de Junio de 1812
Predecesor Él mismo
Sucesor Ninguno

Aguila
1° Primer ministro del Imperio de México
16 de Septiembre de 1810 - 23 de Junio de 1812
Sucesor Ignacio López Rayón

Datos personales
Nacimiento 1740
Plantilla:Geodatos Imperial Española La Habana, Cuba
Fallecimiento 23 de Junio de 1812 (72 años)
Plantilla:Geodatos hs mx Ciudad de México, México
Apodo Vindicador de Justicia, Don Revilla
Padres Juan Francisco de Güemes
Hijos Sin descendencia
Profesión Militar y político
Ocupación Político
Religión Católica romana
Firma Firma Revillagigedo
Great coat of arms Counts of Revillagigedo.svg

Juan Vicente de Güemes Pacheco de Padilla y Horcasitas (1740, La Habana - 23 de Junio de 1812, Ciudad de México) fue un noble, militar y político español, segundo conde de Revillagigedo; dos veces virrey de la Nueva España, la primera del 17 de Octubre de 1789 hasta el 14 de Junio de 1794, y la segunda del 17 de Octubre de 1794 al 15 de Septiembre de 1810, cuando fue designado primer ministro del Imperio de México, cargo que desempeñó hasta su muerte el 23 de Junio de 1812.

Durante poco más de dos décadas ostentó el título de virrey de la Nueva España, mediante una autonomía selectiva del gobierno de Madrid. Gobernó, pues, su segundo período como virrey ignorando las órdenes que le mandaban de la capital española, y arrestando a sus reemplazos en el puerto de Veracruz. De tal forma, con su autoridad férreamente establecida, fue artífice de la independencia de México y fue designado como su primer ministro, hasta que dos años después falleció en su residencia de la Ciudad de México.

Se considera al conde Revillagigedo uno de los mayores genios políticos de la historia, al distinguirse sus últimos años con la estrategia que le aseguró la autonomía de la Nueva España y luego la independencia de México. Llamado cariñosamente Don Revilla por el pueblo a los últimos años de su vida, es recordado también por ser el mejor gobernante de la Nueva España, y puente de prosperidad entre los fines de aquél gobierno y los inicios de el del Imperio de México.

Biografía

Primeros años

Desde de una edad joven, Güemes Padilla sirvió en el ejército, y se distinguió a sí mismo luchando contra los británicos en el asedio de Gibraltar. Llegó a obtener el grado de teniente coronel, y fue un caballero de la Orden militar de Carlos III. Su padre, el primer conde de Revillagigedo (1681-1766), fue un soldado de Cantabria que sirvió en Cuba como capitán general y gobernador de 1734 a 1746, y luego como virrey de la Nueva España de julio de 1746 a noviembre de 1755. A lo largo de este último periodo, el joven Juan Vicente Güemes Pacheco y Padilla vivió con sus padres en el palacio virreinal y ahí bebió los principios y la práctica del gobierno colonial. Cualquier esperanza inmediata que hubiera albergado de emular la carrera de su padre pronto se estrelló contra el suelo, cuando al unirse al ejército un error temprano le costó la desaprobación de Carlos III y la pérdida de cualquier progreso en su carrera. Fue sólo después de la muerte de aquel monarca que el conde de Floridablanca intervino para nombrarlo virrey de la Nueva España.

Primera época como virrey

Llegó a Veracruz el 8 de octubre de 1789 y tomó las oficinas del virrey, capitán general y presidente de la Audiencia el 17. Se convirtió en el tercer virrey criollo de la Nueva España. Se decía del conde que dormía sólo tres o cuatro horas por noche, levantándose a la 1 de la mañana para comenzar su trabajo.

Una semana después de asumir el cargo, una banda de forajidos asesinaron a Joaquín Dongo, un comerciante y ciudadano principal de la capital, y a diez de sus empleados. Güemes Padilla tomó sólo 13 días para que la banda fuese encontrada, juzgada y ejecutada por los asesinatos. Blanco, Aldama y Quintero, todos españoles, fueron garroteados hasta la muerte por los asesinatos el 7 de noviembre, en un andamio en la Plaza de Armas de México. Tras esto, fue a menudo llamado el vindicador de Justicia. Otros dos asesinatos prominentes ocurrieron durante su mandato. La primera fue la del prefecto del monasterio de La Merced, asesinado por un sacerdote de la orden el 23 de septiembre de 1790. El otro fue el asesinato, el 25 de junio 1792, de Lucas de Gálvez, gobernador y capitán general de Yucatán.

Los retos de su administración

Su primera preocupación fue la capital del virreinato, la Ciudad de México, a la que se encontró deteriorada, fea, sucia, maloliente, desordenada, insalubre, descuidada e insegura. Las calles, los mercados y los paseos marítimos lo demostraban. La gente iba en público vestida con nada excepto ropas finísimas y sombreros de paja. Las casas estaban mal hechas y descuidadas, mientras que no existía un sistema educativo sólido, pues éste se venía cayendo a pedazos. Por otro lado, las calles estaban en un deficiente estado, de forma que sólo podían ser atravesadas para viajes largos en mula o a pie, y el estado del ejército era no menos que impactante.

Sus reformas

Inmediatamente de llegar, el conde de Revillagigedo ordenó la limpieza del palacio virreinal, desapareciendo los puestos de comida informales. Prohibió a los ciudadanos el desecho indiscriminado de basura en las calles, así como removió a prácticamente todos los animales callejeros que pululaban por la ciudad.

Respecto a la infraestructura, comenzó por introducir desagüe y atarjeas, en todas las calles sin que una sola quedara sin drenaje. Luego las empedró a todas por igual, con especial atención a las periferias, e instaló el alumbrado público para iluminarlas de noche; estableció el servicio de limpia y recolección de basura e hizo numerar las casas. Además, ordenó que no hubiese construcción si tal no obtenía licencia de las autoridades. Ordenó el embellecimiento de paseos, plazas, y alamedas, controló el caos vial de la ciudad, introdujo los coches de alquiler y organizó el servicio de policía, tanto el diurno como el que por las noches prestaban los llamados serenos. Después del gobierno del Conde de Revillagigedo la capital novohispana -y luego mexicana- fue bautizada por el geógrafo Alexander von Humboldt la Ciudad de los Palacios. El ejemplo de la Ciudad de México se extendió a las demás ciudades del virreinato.

Palacio de Minería

Palacio de Minería, hoy sede del Colegio Politécnico Mexicano

Su regencia aplicó una política de persecución a los ladrones y asesinos, caracterizándose su gobierno por la mano dura que utilizó contra los criminales y empleados de gobierno corruptos. Implementó un nuevo sistema administrativo en las intendencias de gobierno (proyecto que fue iniciado por un virrey anterior, Alonso Núñez de Haro y Peralta), con el que además reorganizó los tribunales de justicia.

Contrató profesores competentes para la Academia de San Carlos, en la que fundó la cátedra de matemáticas. También estableció la cátedra de Anatomía en el Hospital General de Nativos, y fundó escuelas para indígenas en varias ciudades. Inició excavaciones en la Plaza de Armas de la ciudad de México, durante las cuales fue descubierta, en 1790, la piedra del Calendario Azteca. Todo ello durante un proyecto para nivelar las calles. En 1792, Revillagigedo fundó el Real Colegio de Minería, primer y más grande exponente de la arquitectura palaciega de la ciudad. Ayudó también en las investigaciones botánicas de Martín Sessé y Lacasta, que derivaron en la Flora Mexicana de 1804.

Para mejorar la comunicación y el tráfico comercial, Güemes ordenó el diseño y la construcción de una amplia red de caminos modernos, realizando obras de ingeniería para salvar barrancos y ríos, aparte del establecimiento del servicio postal bisemanal a las capitales de las intendencias. Así, fueron beneficiadas poblaciones como Veracruz, Toluca, Guadalajara, San Blas y Querétaro; estimuló el establecimiento de la industria, de plantas textiles -algodón, cáñamo, lino, morera-, y reguló la tala de madera.

Para separar lo que era de la Real Hacienda e incrementar la recaudación de impuestos para beneficio de los novohispanos, ordenó un minucioso estudio de las rentas que producía el virreinato, además se recopilaron y reunieron los papeles de las oficinas públicas que se hallaban dispersos y él ordenó la creación de un sistema de archivo que dio origen a lo que hoy es en México el Archivo General de la Nación. De utilidad práctica fue el censo de población de 1794 que permitió conocer el número exacto de habitantes, que fueron 4,484,000, su raza y su modo de vida. Además, ordenó la construcción de acueductos y edificios públicos muy necesitados, mejoró las guardias nocturnas e instituyó las brigadas de bomberos.

Como reacción a la revolución francesa, prohibió la circulación de libros y periódicos expresando las nuevas ideas. La guerra que sostuvo España con Francia fue muy costosa, y por ello envió más de tres millones de pesos a la madre patria, en adición a las usuales remesas.

Como hechos curiosos, el 14 de Noviembre de 1789 fue vista por primera vez en la historia registrada de la ciudad de México una aurora boreal, hecho que provocó mucha consternación, pues la gente creyó que los Cielos se habían encendido en fuego, y que el fin del mundo estaba cerca. Además, el 27 de Diciembre de 1789, Carlos VI, próximo rey de España, fue coronado en la ciudad de México. Jerónimo Antonio Gil, famoso medallista y gravador mexicano, acuñó varias medallas acerca del evento. El 21 de Febrero de 1794, Antonio López de Santa Anna nacía en Jalapa, Veracruz.

El conde trabajaba todos los días del año. De él se dice:

Era una maquinaria jamás vista en la lentitud de aquella tradicional administración colonial.

Sólo tuvo un fracaso en su primer período de gobierno. No fue obedecido en su prohibición de celebrar fiestas y celebraciones que daban lugar a excesos, borracheras y blasfemias. No pudo, en primera instancia, moralizar a los novohispanos, que siguieron celebrando los bailes y convites callejeros.

México 1793

Mapa de la ciudad de México hacia 1793

Las primeras exploraciones

Alessandro Malaspina, comandante de las corbetas Descubierta y Atrevida, llegó a México en 1791 durante un viaje científico y político a través de los territorios españoles de América. Malaspina ordenó a varios de sus oficiales investigar los archivos coloniales, como parte de una tarea política de su expedición, por la cual Malaspina y sus oficiales llegaron a tener autoridad real por encima del virrey Güemes, autorizándoles éste a acceder a cualquier documento que encontrasen relevante. Dionisio Alcalá Galiano venía en la comandancia de la partida de Malaspina.

Mientras que en México Malaspina recibió la orden del rey de España de investigar un presunto paso del noroeste en Alaska, a su llegada a Acapulco se enteró de la existencia del estrecho de Georgia, descubierto antes como resultado de la expedición anterior de Francisco de Eliza enviada por Revillagigedo en 1791 hacia el Pacífico noroccidental. Güemes Padilla había estado preparando una nueva expedición para explorar el estrecho de Juan de Fuca desde 1791, y se suponía debía estar bajo el mando de Francisco Antonio Mourelle, que comandaba dos goletas de reciente construcción, Mexicana y Sutil. Sin embargo, Malaspina logró hacerse control de las goletas y reemplazó a Mourelle con Dionisio Galiano, partiendo a explorar el estrecho de Georgia hacia 1792. Como fue presado a su llegada a España en 1794 por razones políticas, su trabajo nunca fue revelado, mientras que el de Galiano se publicó en 1802, con toda mención de Malaspina eliminada. Se dijo en su lugar que Galiano había operado bajo la dirección de Güemes Padilla en vez de Malaspina. Esta ficción sigue siendo acaloradamente citada hasta nuestros días.

Mientras tanto, al mando de Esteban José Martínez, un destacamento de la Compañía de Voluntarios Catalanes construyó y ocupó el fuerte de San Miguel de Nutca en la bahía homónima en 1791, abandonándolo tras las convenciones de Nutca en 1795. Los tratados resolvieron el conflicto que había comenzado cuando España tomó la isla de Nutka, que reclamaban tanto Reino Unido como la misma España. Aunque quedó abierta a la colonización británica la costa noroccidental del Pacífico desde Oregón hasta Alaska, el comienzo de las guerras napoleónicas en Europa distrajeron los esfuerzos colonizadores.

El fin de su primera administración

A causa de su lucha contra la corrupción en el gobierno virreinal, Güemes Padilla se ganó una gran cantidad de enemigos. En 1794, a raíz de las quejas del Ayuntamiento de México ante el Concejo de Indias, Güemes Padilla fue llevado a un juicio de residencia en su contra, y se le ordenó ir a Madrid para montar una defensa contra los varios cargos que se le imputaron.

Sin embargo, mientras se encontraba en La Habana, se le informó que el Marqués de Branciforte y su esposa, quienes irían a reemplazarlo, habían muerto durante una tormenta en los mares del sureste de la isla. Ante tal hecho, Revillagigedo partió de regreso a Veracruz.

Segunda época como virrey

La vuelta al mando

De regreso a la Ciudad de México, Güemes Padilla organizó una serie de consultas para evaluar la situación y planear un protocolo de acción frente a la desgracia ocurrida. Consciente lo mismo de sus indudables logros como de su popularidad, en octubre de 1794 Revillagigedo entró en el santuario de la Virgen y en esa ocasión recibió su bastón virreinal de manos del abad de la colegiatura de canónigos, acto cuyo significado se interpretó como que había sido la Patrona Principal y Universal de la Nueva España, La Guadalupana, quien lo había designado virrey por un segundo periodo de cinco años. En retrospectiva, está claro que este noble español fue guiado a la vez, y contradictoriamente, por los principios de la raison d’état maquiavélica y una forma profética de guadalupanismo.

Si Revillagigedo fue capaz de continuar como virrey sin encontrar oposición, fue porque ya había tenido éxito dominando la burocracia colonial. En una denuncia secreta, escrita en enero de 1792, el arzobispo Alonso Núñez de Haro se quejó de que ni él ni la audiencia habían sido recibidos con las tradicionales señales de honor en el palacio virreinal, y añadió que cuando había apelado a la audiencia para poner un alto a la conducta arbitraria de Revillagigedo, descubrió que “los oidores, con el terror pánico que tienen al virrey, viendo lo tan acalorado y empeñado, no sabían qué hacer”. Para resolver su condena, Haro observó: “el corazón del virrey, por lo que yo he advertido en sus conversaciones, está penetrado de todas las máximas que los filósofos de este siglo han esparcido en sus libros sobre lo que ellos llaman libertad de hombres. Se le trasluce que aprueba en la sustancia la revolución de Francia, y sólo reprueba el exceso a que se han precipitado aquella acción”. Lo que Haro no advirtió, sin embargo, fue que Revillagigedo era un exponente del gobierno ilustrado que rechazaba la democracia de la Revolución. De hecho, en una carta a Floridablanca, escrita en septiembre de 1790, este se refirió a “las consecuencias temibles de ese fanatismo o locura increíble de nuestros vecinos por los Pirineos”, que ofrecían una amenaza mayor a España que los proyectos imperiales de Gran Bretaña. Además, antes de zarpar hacia México, argumentó que la autoridad del rey en el Nuevo Mundo sólo podía sostenerse con “ilusión y amor”, ya que una expedición militar nunca podría someter a la Nueva España en contra del deseo de sus habitantes. En este contexto, criticó severamente la política de José de Gálvez, ministro de Indias durante el reinado de Carlos III, quien había demostrado abiertamente su desprecio por los criollos al negarles la entrada a la burocracia colonial, ocupando los nuevos puestos que había creado con oficiales y soldados enviados desde la Península.

Su trabajo por la autonomía

Dos años después de haber entrado en su segundo periodo como virrey, Revillagigedo se enteró con creciente consternación de la humillante derrota de España a manos de las fuerzas francesas, que obligó a la monarquía a pactar una alianza subordinada y que implicó una reanudación de la guerra con Gran Bretaña y el subsiguiente bloqueo naval que interrumpió todo el comercio español con sus posesiones americanas. Para salvaguardar a la Nueva España, Revillagigedo reunió un ejército regular de diez mil soldados, apoyados por otros veinte mil milicianos, reclutados a lo largo del reino. A los criollos jóvenes se les dio la oportunidad de abrazar una carrera militar, y los terratenientes ricos y los mineros de plata recibieron los rangos de coronel y teniente coronel, a condición de que ayudaran a financiar el suministro de sus regimientos. Por otro lado, Revillagigedo obtuvo la profunda lealtad del clero cuando suprimió toda legislación emanada de Madrid que amenazara las finanzas y privilegios de la Iglesia. Así, por ejemplo, cuando recibió el decreto de Consolidación de noviembre de 1804, que reclamaba la venta de todas las tierras de la Iglesia y la recuperación de todo su capital, acogió con beneplácito la ráfaga de protestas que esto provocó y decidió no poner en práctica la medida. Por otro lado, incluso ignoró el tratado de San Ildefonso, por el cual España le cedía la Luisiana a Francia, y emplazó a siete mil infantes en la ciudad de Nueva Orléans. Si Revillagigedo fue capaz de actuar con tal independencia fue porque todos los intentos de Madrid de llevar a un nuevo virrey fueron detenidos en Veracruz por oficiales leales y la guarnición local. Al mismo tiempo, Revillagigedo estableció excelentes relaciones con la flota británica en el Caribe y permitió que los navíos “neutrales” entraran sin impedimentos en el puerto de la Nueva España. En cuanto a Madrid, Godoy fue tranquilizado en parte por el envío de grandes sumas en lingotes a la cuenta del rey, plata que ayudó a la monarquía a sobrevivir la virtual bancarrota en la que había caído.

Pero si una raison d’état maquiavélica, perspicaz y cautelosa guió a Revillagigedo cuando estableció los cimientos de un Estado autónomo en México, fue él quien finalmente legitimó la independencia absoluta mediante la invocación de una forma profética del guadalupanismo. Los excesos anticlericales de la Revolución francesa habían despertado un fervor expectante entre ciertas secciones del clero mexicano; la Iglesia americana era ahora imaginada como el vehículo elegido para un resurgimiento católico. En particular, como Conde y Oquendo relatara en la década de 1790, él había oído a varios predicadores citar y reiterar la profecía que descubrieron en un sermón pronunciado en 1748 por un jesuita mexicano, Francisco Javier Carranza, en relación con “la transmigración de la Silla Apostólica y residencia de los Papas en este continente”. Aquí encontramos una aplicación política de una fantasía teológica. Carranza había especulado que, en los últimos días del mundo, el Anticristo aparecería y tomaría posesión del Viejo Mundo sólo para encontrar a las Américas defendidas resueltamente por Nuestra Señora de Guadalupe y el Arcángel San Miguel. En ese punto, el penúltimo Papa abandonaría Roma y sentaría su residencia en México, y pronto se le uniría el rey de España para establecer la última monarquía universal. En su aplicación de esta profecía, los predicadores en México simplemente identificaron la Revolución francesa y a Napoleón como encarnaciones sucesivas del Anticristo y definieron su país como un baluarte católico en una era en que la marea del ateísmo y el anticlericalismo amenazaba la existencia de la Iglesia en Europa. Fue en estas especulaciones descabelladas donde Revillagigedo encontró la solución de sus problemas políticos.

Hacia 1807, tras una racha de victorias militares, Napoleón Bonaparte era el amo de Europa continental. Mientras que en 1804 había convocado a Pío VII a París para oficiar en su coronación como emperador, aunque él mismo se coronó, ahora proponía abolir los Estados Papales, pese a las protestas del pontífice. Ese mismo año profético había enviado tropas a España para ayudar en una invasión conjunta a Portugal. Con el fin de evitar la captura, la corte portuguesa completa zarpó hacia Brasil, escoltada por la flota británica, y estableció la capital de la monarquía en Río de Janeiro. Para Revillagigedo, este hecho representó un poderoso ejemplo a seguir. Entonces escuchó las palabras de José Mariano Beristáin de Souza, un culto canónigo criollo de México, quien lo animó a invitar a Pío VII y al príncipe de Asturias a refugiarse en México. En respuesta, el virrey ordenó a Beristáin y a Manuel Abad y Queipo, cuyo memorial en contra del decreto de Consolidación lo había impresionado enormemente, abordar un navío de guerra británico y dirigirse a Lisboa. En esa ciudad, los dos emisarios se reunieron con Fray Servando Teresa de Mier, un dominicano exiliado. Tras encontrar a la corte española absorta en sus propias intrigas entre facciones y sin interés por un refugio americano, los tres clérigos se embarcaron hacia Italia para conversar con Pío VII, quien hacia 1808 había sido amenazado por las tropas francesas, y se enfrentó a la alternativa de huir o confinarse en Francia. Impresionado por los entusiastas argumentos de este heterogéneo pero complementario trío, el pontífice aceptó su invitación. Una fragata británica esperaba en Ostia y los transportó a Lisboa, donde un navío de la línea escoltó al Papa y a su pequeño séquito a Veracruz. Inmediatamente después de su tumultuosa recepción en la ciudad de México, el 12 de diciembre de 1808, Pío VII celebró la misa en el santuario de Nuestra Señora de Guadalupe y proclamó que la Virgen era la Patrona Universal y Emperatriz de las Américas y Reina de México. A partir de entonces nombró a Beristáin arzobispo primado de México y a Abad y Queipo arzobispo de Valladolid. La jerarquía católica de la Nueva España fue reaprovisionada y vigorizada por la creación de nuevos obispados, con criollos que recibieron la mayoría de los nuevos nombramientos. El propio Papa sentó su residencia en Chapultepec, donde el palacio fue rápidamente ampliado.

Pero aún había que resolver el problema de la independencia mexicana, sobre todo porque para entonces España había caído bajo el dominio francés. El propio Revillagigedo nunca se había casado y no ambicionaba convertirse en rey. Nombrar a un criollo habría suscitado celos y disensión, y en ese tiempo ningún Borbón estaba disponible. En esta coyuntura, Pío VII propuso el nombre del comandante de su guardia papal, el coronel Alejandro Leopoldo de Habsburgo, descendiente directo del Emperador Leopoldo II. Soldado que había luchado tanto contra los turcos como contra los franceses, hombre alto, de complexión sólida y de aproximadamente treinta años, soltero y católico devoto, Alejandro era un candidato ideal. Revillagigedo comisionó inmediatamente a Fray Servando Teresa de Mier a redactar su famosa Memoria político-instructiva en la que denunciaba las tiranías de Carlos III y Carlos IV y, en contraste, elogiaba la justa y venerable constitución que la Nueva España había tenido durante la época de los Habsburgo. Ahora era el momento de volver a esa constitución, en la que los poderes civiles y espirituales, cada uno con su jurisdicción, rentas y tribunales, habían existido en armonía. A instancias de Pío VII, quien como obispo de Imola había publicado una famosa carta en la que confirmaba la compatibilidad del catolicismo y la democracia, Revillagigedo convocó a una asamblea nacional, formada por delegados de todos los ayuntamientos del virreinato, pero que también incluía a representantes de los capítulos de la catedral y de órdenes religiosas. El resultado fue la aprobación universal de la proclamación de la independencia y la fundación simultánea del Imperio de México, con Alejandro Leopoldo de Habsburgo como su soberano. El 15 de septiembre de 1810, Pío VII ofició en la coronación, colocando la corona en la cabeza de su soldado austriaco, quien adoptó el título de Alejandro Leopoldo I, “Emperador Constitucional de México, Rey de la América Septentrional y Gran Maestre de la Orden Imperial de Nuestra Señora de Guadalupe”. En la ceremonia, el predicador celebró el establecimiento de una monarquía católica que protegería a México de las incursiones de las máximas execrables de Rousseau y Voltaire. Entre la multitud de dignatarios eclesiásticos que asistieron a los espléndidos actos se encontraban Miguel Hidalgo y Costilla, el primer obispo de Querétaro, y José María Morelos y Pavón, primer obispo de Chilpancingo.

Política interior

Si su anterior mandato como virrey de la Nueva España fue de por sí muy enérgico, el conde Revillagigedo no fue menos activo en los siguientes dieciséis años al frente del gobierno. Sus primeras políticas estuvieron encaminadas a proteger al virreinato contra las amenazas extranjeras de la Gran Bretaña y casualmente de la Francia, con la cual hubo ciertos roces que pusieron en peligro la propia alianza con la España peninsular. El punto más álgido de la crisis diplomática con el gobierno francés ocurrió entre 1803 y 1805, cuando Revillagigedo, ignorando al tratado de San Ildefonso, declaró al territorio de la Luisiana como parte del reino de Nueva Extremadura y apostó a siete mil soldados regulares a Nueva Orléans, contra los deseos peninsulares de ceder el territorio a la Francia. Tal hecho evitó que Napoleón pudiese vender el territorio a los Estados Unidos, y éste, encendido en ira, envió un ejército de diez mil hombres al mando del general Gerard Duroc al caribe americano, con la esperanza de tomar por la fuerza el territorio que de iure le pertenecía a la República. Sin embargo, tras varios fallidos encuentros con la flota novohispana, apoyada por la inglesa del Caribe, los franceses no pudieron desembarcar en su destino, Nueva Orléans, y en su lugar se vieron obligados a pisar tierra firme en Haití, donde se establecieron y retomaron el control francés de la isla.
New Spain militia

Miliciano del ejército de Nueva España.

Mientras tanto, el segundo mandato del conde Revillagigedo se concentró en el fortalecimiento de su propia autoridad en todo el virreinato. De tal forma, y a través de las Reales Audiencias de Yucatán, Guatemala y Cuba, ordenó buscando el desarrollo de las regiones que en su anterior administración habían quedado descuidadas, pues el beneficio se concentraba mayormente en el centro de la Nueva España. Primeramente, el esfuerzo se focalizó en el Caribe novohispano, construyéndose una base naval junto al fuerte de San Felipe en Chetumal, lo que amplió el control español sobre la región, otrora asediada por piratas y corsarios ingleses, franceses y holandeses, y permitió la expansión del comercio naval con el resto del virreinato. Por otra parte, promovió la inmigración a la provincia de Costa Rica en particular y al reino de Guatemala en general. Ordenó la construcción de varios caminos que enlazaran la ciudad de Guatemala con el resto de las ciudades de la costa occidental del reino, y la cercana Panamá, de forma que el virreinato de Nueva Granada conocía la primera gran vía terrestre con su hermana del norte. Concluyó añadiendo las mejoras en los servicios públicos de ciudades como Managua, San José, Mérida, San Pedro Sula, Tegucigalpa y San Miguel, que ya habíanse implementado en la región central de la Nueva España. Durante su mandato fueron descubiertas las ruinas de Calacmul y se organizaron las primeras expediciones arqueológicas en la península de Yucatán y el Petén.

En el Caribe como tal, comisionó la construcción de una flota novohispana propia al almirante Juan Ruiz de Apodaca, quien consintió y supervisó la construcción de dos navíos de línea (bautizados como Revillagigedo y Santa María de Guadalupe, respectivamente) en Veracruz, y diez fragatas en La Habana. Con la nueva flotilla, aseguró la paz marítima del Golfo de México contra las esperadas nuevas expediciones corsarias francesas.

El segundo régimen del conde Revillagigedo pronto fijaria sus ojos en el norte del virreinato. El territorio de las Californias, a la vez árido y poseedor de una primavera eterna, fue un objetivo especial para la administración eternamente eficiente de Güemes. En su gobierno, la exploración de los territorios del norte se volvió más eficiente, se expandieron la agricultura -de granos, vid y de materias textiles- en las Californias y el territorio de la Luisiana, y se promovió la inmigración a las mismas con el reparto de territorios y prestaciones económicas. Se establecieron los primeros grandes puertos de la América Septentrional española en San Francisco y Monterrey, y pronto aumentó su población de unos cuantos cientos de habitantes en 1800 a varios miles en 1805, por lo que Acapulco sería reemplazado como destino del Galeón de Manila por la incipiente ciudad de San Francisco en 1806. Para comunicar las florecientes ciudades, fue ordenada la construcción de una serie de caminos que las enlazaran, la Vía Dorada, que funcionaba como ramal del Camino Real e incluía la ruta entre Santa Fé y Los Ángeles. La obra duró cuatro años y estableció un impulso a la economía de la Nueva California. De esta forma, la colonización española de las Californias se expandió más rápido que en anteriores décadas y la orden de los Dominicanos fue pronto superada en sus intentos de civilizar aquélla región.

Durante el mandato del virrey Revillagigedo, se establecieron las primeras treguas con los Apaches y se confirmó la alianza y la posterior integración de los Comanches y relacionados pueblos indios dentro del virreinato, así como su adhesión a la fe católica. En 1805, ya existía un intercambio cultural entre los indios del norte y los españoles, quienes permitieron a los jefes tribales conservar sus poderes, tal como había sido desde los tiempos de la Conquista, y se les convirtió al sedentarismo definitivo, provocando el florecimiento de la civilización virreinal en las Grandes Llanuras, la Sierra Madre del Norte y el Desierto de Mojave. Yendo más al norte, e ignorando de nueva cuenta el veredicto de los Tratados de Nutca, por los que España renunciaba a Alasca y a Nutca en beneficio del Imperio británico, quien se encontraba enfrascado en la pelea continental de las Guerras Napoleónicas, fueron ordenadas entre 1804 y 1806 nuevas expediciones al territorio y entre otros destacados proyectos, el Fuerte de San Miguel de Nutca fue reconstruido y rehabitado, ésta vez por la Compañía de Exploradores de Zacatecas, que además estableció villas coloniales tierra adentro en El Orejón y relaciones comerciales con los indios de Kunacha.

El Bajío se convirtió en el corazón de la industria virreinal al experimentar la industrialización gradual de su economía, con la creciente demanda de productos manufacturados como armas y pólvora, así como del desarrollo de la textilería y la liberación del comercio. La aparición de ésta poderosa industria acrecentó el poder económico de Nueva España en el continente americano, al suponer la superación del mercado estadounidense de manufacturas. Su empuje fue tal, que era la zona de más rápido crecimiento demográfico y de mayor producción agropecuaria de Nueva España. Debido a la gran productividad de la región del Bajio su mercado se convirtió en uno de los más prósperos de América, ya que por ahí pasaban o se producían buena parte de las mercancías y los insumos para la minería y la agricultura destinados a ambos extremos del virreinato.


Últimos años y muerte

Su legado

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