Historia Alternativa
Advertisement

Palacio de La Alameda, vista panorámica.

El Palacio de La Alameda fue la residencia oficial del monarca quiteño en la ciudad de Quito, función que cumplió hasta la caída del régimen en 1966. En la actualidad es un museo de carácter nacional, aunque también se utiliza para ceremonias oficiales y visitas de Estado. Es famoso por albergar la Colección Real, un extraordinario conjunto de obras artísticas fruto del coleccionismo de los antiguos reyes y reinas del país.

Historia

En 1757 llega a la ciudad de Quito el funcionario español Juan Pío de Montúfar y Frasso, quien era primer marqués de Selva Alegre y acababa de ser nombrado presidente de la Real Audiencia. Por su condición de recién llegado, debió hacerse protamente con varias propiedades, entre las que se encontraban la Casa Cadisán (hoy Palacio de Montúfar) en el centro de la ciudad, y las tierras al occidente de La Alameda de Añaquito, una ciénega a escazos diez minutos al norte de la urbe donde los pastores solían llevar sus rebaños.

A inicios de 1758 el marqués contrae matrimonio con la joven Teresa de Larrea y Santa Coloma, a la que decide obsequiarle una casa de fin de semana cuando quedó embarazada de su primer hijo. El sitio fue escogido por la misma marquesa de entre las pocas propiedades rurales que su esposo había adquirido hacía un año de su llegada, y en abril inicia la construción de una casa con una sola planta en los terrenos de La Alameda.

Originalmente conocida como Quinta La Alameda, la casa se convirtó en el lugar de retiro favorito de los marqueses. Tanto fue así que Montúfar, aún como presidente de la Audiencia en 1760, ordenó la construcción de un parque ajardinado en los terrenos de pastoreo hacia donde la casa tenía su frente. El parque La Alameda fue terminado en 1761 e incluía una hermosa laguna, y fue la última obra que el marqués inauguró durante su periodo al frente del gobierno colonial quiteño.

Después de la muerte del marqués, acaecida solo un año después de la de su esposa (1763), y al no ser parte del mayorazgo del marquesado, la propiedad fue heredada por su último hijo Joaquín de Montúfar, quien tomó posesión de ella en 1781. El nuevo propietario amplió la casa de su madre entre 1788 y 1789, para mudarse junto a su pequeña hija María Mercedes, de quien se hizo cargo tras la muerte de su esposa, Josefa de Larrea y Yerovi-Freire, en 1787.

De quinta a palacio

Joaquín de Montúfar murió en 1803, por lo que la quinta pasó a propiedad a su hija María Mercedes de Montúfar, que en 1806 cambió su apellido por el de Freire, para así poder heredar el mayorazgo de Cochasquí que había pertenecido a su bisabuela materna. A mediados de 1812, María Mercedes vendió la propiedad a su primo Juan Pío, para que comenzara la construcción de un palacio ahora que era rey de Quito.

En 1813 la construcción del nuevo palacio real fue comisionada al arquitecto británico Edward Blore, que viajó hasta Quito exclusivamente para realizar el trabajo. Los planes de Blore consistían en derrumbar la casa de estilo colonial existente y levantar un edificio de estilo neoclásico con forma de herradura. El costo de la obra corría por parte del gobierno quiteño, y provenía de un préstamo de 500.000 libras que el ministro de asuntos extranjeros (y representante de los intereses británicos en Quito), George Taylor, había gestionado para éste fin en 1813.

Blore debió adaptar sus planos a la irregularidad del terreno, por lo que ideó varias soluciones arquitectónicas ingeniosas basándose en los modelos de castillos y fosas medievales, sobre todo en el desnivel que existía hacia el norte, y que terminaron aportándole un romanticismo histórico a la obra. Los jardines, si bien fueron esbozados por Blore, debieron ser realizados por elementos locales debido a que no conocía de las especies nativas o la adaptabilidad de las europeas.

Los trabajos se llevaron a cabo sin retrasos y en un tiempo récord, utilizando apenas el 75% del presupuesto inicial, sobre todo debido a la mano de obra barata. Una vez concluida la obra física mayor, en 1815 se inició con los acabados internos y decoración de las estancias, en las que se usó las 125.000 libras restantes del préstamo inglés, además de un promedio de doscientas mil libras adicionales conseguidas con la venta de las haciendas Cochicaranqui y Angla.

La familia real se mudó al palacio el 23 de mayo de 1817, con varios salones aún sin decorar, y en diciembre ofrecieron el primer baile en la actual Galería de Armas, con ocasión de la Navidad. El edificio fue inaugurado formalmente el 2 de marzo del año siguiente, aunque algunos trabajos menores se mantuvieron hasta 1819.

El trabajo general y a un precio moderado complació enormemente al Parlamento, que no puso mayores objeciones al proyecto y, por el contrario, volvió a Blore el arquitecto más solicitado por el Estado y la naciente nobleza de todo el país. La fama de su impecable trabajo y presupuestos justos llegó a la corte británica, que solicitó sus servicios en 1832, año en que dejó Quito para regresar a su patria, donde sería el autor de la fachada oeste del palacio de Buckingham.

Ampliación de Francisco I

Una ampliación comisionada por el rey Francisco I hizo regresar a Edward Blore a Quito entre 1850 y 1854, ésta vez para levantar una fachada hacia los jardines del norte, donde se encontraba la terraza con fosas que él mismo había ideado años atrás para salvar el desnivel del suelo. El deseo de Francisco I era más estético que funcional, pero las nuevas dependencias también permitirían albergar de mejor manera a la Corte.

Las exigencias de simetría que planteaba el rey en primer lugar debieron ser abandonadas por la dirección que el palacio existente tenía en realción a los jardines. Después de que el monarca entró en razón, el arquitecto presentó su plan de crear dos patios cerrados detrás del edificio principal, y uno más pequeño al costado norte, de tal manera que pudiese cerrarlos con una fachada recta hacia los jardines, dándole al conjunto una inusual forma triangular.

El monarca aceptó el proyecto a regañadientes y la construcción inició en enero de 1851. El costo de esta nueva ampliación y los respectivos trabajos de decoración alcanzaron el millón de escudos, que provenían de una asignación del Estado por la mitad, y el resto fue cubierto con la venta de las haciendas Milán y Turubamba, propiedades de la familia real.

Ampliación de Virginia

La tercera y última ampliación del palacio fue ordenada por la reina Virginia en 1894, y al frente de la misma estuvo el prusiano Francisco Schmidt. Las ordenes incluían levantar modernas dependendencias para el servicio, además de más habitaciones para la Corte.

Schmidt se vió limitado por los jardines al norte, cuyo desnivel estaba salvado por la gran terraza de Blore; mientras que al occidente el terreno se escarpaba demasiado y debía bloquear la calle que había sido trazada una década atrás. Finalmente se decidió por desaparecer el pequeño jardín que separaba el palacio de la calle por el sur, y ya que se trataba de dependencias administrativas y de servicio, no habría mayor problema de seguridad.

La adición de tres patios cerrados que hizo Schmidt concluyó en 1898, e inmediatamente debió comenzar con varias reformas en las partes antiguas del palacio, en las que incluyó instalaciones sanitarias adecuadas, recuperación integral de paredes y pisos, además de un rediseño de las instalaciones eléctricas y de agua. Los trabajos, que incluyeron nueva decoración en varias habitaciones y salones, concluyeron totalmente en septiembre de 1902 a un costo total de dos millones y medio de escudos.

Siglo XX

Durante el siglo XX, y hasta la caída de la monarquía en 1966, se hicieron docenas de intervenciones de carácter patrimonial más que nada. La más importante, llevada a cabo en 1950, recuperó el papel tapiz de 52 estancias, refaccionó molduras en ventanas y puertas y restauró más de cien pinturas que se encontraban en el edificio.

Durante la Revolución de Diciembre el edificio sufrió el ataque de algunas bombas de fabricación casera que dañaron sobre todo las dependencias del ala sur (incluido el teatro), aunque también alcanzaron algunos de los salones con vista a la plaza de honor exterior. Con el advenimiento de la República y el exilio de la familia real, sumado al consecuente deseo de minimizar los símbolos monárquicos, el palacio entró en desuso, siendo raramente el lugar de ceremonias protocolares, aunque se mantuvo fuertemente resguardado debido a la colección artística que albergaba.

En 1972 el general Guillermo Rodríguez Lara da el golpe de Estado que destituye al presidente Velasco Ibarra y decide residir en el palacio, ocupando junto a su familia los Apartamentos de la Reina, en el ala sur con vista a los jardines. Su estancia en La Alameda le convirtió en admirador de la familia real y su historia, lo que le llevaría a levantarles el exilio en 1975 y proponer el retorno a la monarquía.

Cuando Rodríguez Lara fue relevado por sus ideas restauradoras en 1976, el nuevo Consejo Supremo de Gobierno declaró al edificio como bien nacional, basados en las aportaciones que su construcción demandó del presupuesto público en diferentes épocas. En 1977 se contrató a varios expertos norteamericanos para convertir al palacio en un museo, condenando intrínsecamente a la figura de la monarquía a asumir únicamente el papel de historia pasada. Desde su inauguración el 14 de junio de 1978, el Museo Nacional Palacio de La Alameda ha estado abierto al público ininterrumpidamente, constituyéndose en el más visitado del país.

Enlaces externos

Advertisement